#3 : En 351 días, voy a dejar de usar el celular
NOSOTROS, LOS ADULTOS, PODEMOS DAR EL EJEMPLO
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Sin duda, las cosas están mejorando: por fin se habla del daño que las redes sociales y los celulares causan a nuestros hijos. Iniciativa tras iniciativa, ley tras ley, demuestran que queremos proteger a los niños y niñas de los efectos nocivos del teléfono. La Ley EU KIDS Act, presentada hace poco en la Union Européa, a la que sigo con especial interés, busca abordar no solo la edad mínima legal para usar las redes sociales, sino también, y sobre todo, problemas más amplios, tal como lo escribe la agencia Reuters en este artículo:
“Esto incluye, entre otras cosas, la prohibición de funciones adictivas, los feeds de recomendaciones basados en perfiles, así como la publicidad personalizada o los algoritmos que se basan en la actividad pasada del usuario. La ley también prohibiría el scroll infinito sin interrupción, los mecanismos de recompensa incentivadores, los contactos no solicitados de personas desconocidas y las notificaciones push durante las horas de sueño, definidas como un período de ocho horas consecutivas entre las 22:00 y las 8:00.
Los asistentes de IA y los chatbots deberían estar desactivados de forma predeterminada. Los perfiles de los niños también deberían ser privados de forma predeterminada, mientras que el acceso a la geolocalización, la cámara y el micrófono estaría desactivado.”
Leí este artículo, luego el proyecto de ley, y pensé:
Exactamente.
Es exactamente lo que necesitamos. Y cuando digo «nosotros», no me refiero solo a «nosotros, padres de niños», no,
me refiero a «nosotros», los seres humanos.
Porque la EU KIDS Act apunta a todo lo que está mal con las redes sociales y, en un sentido más amplio, con el celular tal como es hoy en día: nos vuelve adictos. Nos perfila y nos rastrea para vendernos cosas inútiles. Nos quita el sueño. Finge que todas nuestras ideas son geniales. Perverte nuestras relaciones interpersonales. Busca maximizar el tiempo y la atención que les dedicamos, a costo de lo que nos hace felices (tejer, ir a la piscina, tomar algo afuera, entre otras cosas). En resumen: nos vende, nos agota, nos atonta, nos manipula, nos esclaviza, y nos va quitando poco a poco nuestro pensamiento libre, así como nuestra voluntad y capacidad para cambiar el mundo para mejor.
De hecho, son muchas las voces que afirman que no solo hay que evitar que los niños se conviertan en adictos al celular, sino que todos debemos hacerlo, y que
ya es hora de reflexionar sobre los mecanismos mismos del diseño adictivo.
Después de todo, las empresas detrás de los smartphones, las aplicaciones y las redes sociales no son más que eso: empresas, que nos venden productos. Tenemos derecho a decir que no los queremos, y tenemos derecho a decir —sobre todo cuando son tan depredadores de nuestro tiempo y atención—: no, un «no» rotundo.
Nuestra vida sería mucho mejor si el diseño de los productos no fuera tan adictivo, ¿no? Si no tuviéramos el scroll infinito, si nunca recibiéramos notificaciones por la noche, si no nos sugirieran, en tres apps diferentes, comprar una sierra eléctrica cuando vivimos en un departamento, solo porque miramos cómo se escribía la palabra «sierra», si todas nuestras interacciones sociales virtuales no se midieran con corazones, “me gusta”, pulgares y otras puntuaciones perversas escondiéndose bajo una capa de azúcar y atardeceres.
Entonces, bueno, ¿qué hacer
mientras esperamos que se prohíba el diseño adictivo por el bien de la humanidad, mientras esperamos la Ley EU HUMANOS Act?
Bueno, un pequeño paso: alejarnos de los celulares para dar el ejemplo a nuestros niños.
Y ni siquiera será tan difícil, no, porque nosotros, los viejos, los millennials, tenemos una ventaja sobre nuestros hijos: hemos vivido sin celular.
Sí, sí: íbamos a algún lado y teníamos que leer mapas, y encontrábamos una dirección desconocida —la mayoría de las veces—.
Sí, sí: íbamos a una fiesta y hablábamos con la gente y, a veces, había silencios en la conversación, y entonces teníamos que dejar que esos silencios existieran, o irnos porque, bueno, esa persona ya no nos interesaba tanto, o la gente se iba porque, al parecer, no éramos tan interesantes.
Sí, sí: metíamos en la cartera cosas para pasar el tiempo en la sala de espera: libros de bolsillo, revistas, libritos de sudokus, cartas que teníamos que leer, así que ¿por qué no ahora en la fila del Registro Civil?
Sí, sí: estábamos en el trabajo y, por lo tanto, estábamos —escuchen bien, porque qué concepto tan anticuado es ahora— ¡in-dispon-ibles!
Esa época existió hace poco. Y creo que podemos volver a ella. En todo caso, creo que la mayoría de nosotros, que la hemos vivido, queremos volver a ella.
Quizás no a estar completamente perdidos en La Punta del Cerro y tener que preguntar por el camino cada tres calles —aunque, en nombre de la cortesía.
Quizás no al aterrador monólogo del tío Pepé sin salida de emergencia —aunque, en nombre de la paciencia.
Quizás no a tener que llenar formularios en papel cuando podemos hacer lo mismo en un clic —aunque, en nombre de la prudencia.
Pero al menos a un mundo en el que usamos la tecnología, en lugar de un mundo donde ella nos usa a nosotros.
¿Queremos proteger a los jóvenes? ¡Muy bien!
Protejámonos también: pongamos un cactus en una maceta en la cocina, pongamos, justo al lado, nuestro celular, y salgamos a dar una vuelta.
🌵
Traducción del texto realizada por DeepL.com y su autora