#7 : En 323 días, voy a dejar el celular

LA CARRERA

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Acompaño a mi hijo menor a una competencia de mountainbike que se lleva a cabo en un hermoso parque de la Precordillera, donde los acantilados de roca roja se alzan altos y rectos en medio de las alfombras amarillas de flores silvestres de la primavera y los verdes lisos del pasto de una temporada todavía lluviosa.

Llevé mi celular, guardado en mi bolso por si acaso, pero tengo la firme intención de no sacarlo ni una sola vez en todo el día. Es que es importante estar con los demás, eso es lo que me digo, estar en el aquí y el ahora: a mi hijo le encanta el ciclismo de montaña; a las 12 nos juntamos con su gran amigo y vecino L., un niño simpático de 12 años que le transmite la pasión por este deporte, y con los papás de él.

Hay que dejar de quererlo todo de inmediato, de vivir a mil por hora haciendo tres cosas al mismo tiempo, mientras me estreso porque no logro hacer aún más y, por lo tanto, me pierdo todo lo que quería vivir desde el principio.

Y además, tengo que lanzarme en serio a esta aventura, tomarme en serio la «dieta Cactus», ¿no?

Hoy no usaré mi celular

porque decidí dedicarme exclusivamente a la competencia de mi hijo. Después de este éxito total y seguro, lo juro por mi vida, la próxima vez dejaré mi celular en casa todo el día, ni siquiera lo llevaré por si acaso.

Avancemos hasta el final de la tarde y, ya que estamos, voy a spoilear lo que pasó:

Celular, primer run. 

Perdí a mi hijo por unos minutos

y tuve que buscar a un guardia de seguridad, darle mi número, mantener mi celular bien cerca de mí por si acaso los de la administración del parque lo encontraban antes que yo, mientras seguía hablando por teléfono con la mamá de L. para que ella también me ayudara a encontrar a mi hijo.

Celular, segundo run. 

Saqué mi celular para sacar fotos feas (no tengo ningún sentido artístico y solo sé tomar fotos feas, a pesar de los rojos, amarillos y verdes generosos de la montaña) de mi hijo porque me parecía muy lindo (aunque en las fotos no se note).

Celular, tercer run. 

Saqué mi celular para grabar videos de la finish line y enviárselos a mi familia; no es precisamente arte cinematográfico, claro, solo dos segundos mal enfocados de un tramo de pista al pie de un cerro donde se ve pasar muy rápido a un niño al que no se reconoce bajo su casco.

Celular, run 4, 5, 6, 7, 8. 

Después de enviar las fotos y los videos, miré mi celular, ansiosa por leer los mensajes amorosos de la familia: las felicitaciones, los ánimos, los corazones, los pulgares hacia arriba… ¡cualquier cosa!

Celular, run 17. 

Por último, saqué mi celular para coordinar los planes de la noche con mi marido y mis otros dos hijos al volver de la competencia.


Al llegar al parque, me fijé, con un sentimiento de superioridad en esas familias —desde la abuela hasta el sobrino—, cada uno sentado frente a su pantalla, y pensé, tras un momento de angustia en el que me pregunté «¿en qué mundo vivimos, Señora?», que tenía razón: ¡el celular, esa plaga de la humanidad!


¿Qué habría hecho hoy sin mi celular? ¿Acaso no me salvó el día?


Después de todo, pude avisar a los encargados de que había perdido a mi hijo en medio del caos y la confusión del estacionamiento, y avisar a mis seres queridos de que lo había encontrado. Pude sacar fotos y grabar videos de su primera competencia. Pude recibir, casi al instante, reacciones que me llenaron de alegría. Pude seguir organizando la vida familiar a distancia.


Ya me he olvidado de cómo se hacía antes de WhatsApp… ¿Esperábamos llegar a la casa para contar con todo detalle las aventuras del día? ¿Organizábamos la cena y la noche desde la mañana o improvisábamos al llegar?


Me parece imposible no contarlo de inmediato, no compartirlo al instante…


Pero, ¿no sería igual de bueno? ¿O incluso mejor?

¿Compartir sin reservas la alegría de estar aquí, en este magnífico entorno de tonos amarillos y ocres, con los papás de L., es decir, con la gente que está presente?

¿Guardarme, sobre todo para la cena, todas las aventuras y desventuras a las que estoy acostumbrada, con mis tres niños testarudos y mi gusto por las salidas mal organizadas? ¿No dividir en decenas de mensajes de unas pocas palabras el placer de ver a mi hijo superarse, divertirse, aprender, sino conservar ese placer íntegro?

¿Acaso un recuerdo, aunque sea borroso, aunque esté enterrado, que solo resurgiría de vez en cuando, no llenaría mi corazón de alegría, tanto como un video de mala calidad?


¿Quizás compartir demasiado le quita el encanto al compartir, al final?


No lo sé.

Pero si logro dejar mi celular en casa en la próxima competencia y, aun así, encontrar a mi hijo perdido en medio de las camionetas, les diré que es posible.

O tal vez no.


¿Dejar el celular?

¿Pero en qué carrera extraña me metí?

🌵

Traducción del texto realizada por DeepL.com y su autora
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